lunes, 2 de agosto de 2010

El valor del tiempo en nuestras vidas


Nuestra felicidad está en juego. No nos lo dicen, pero nos están robando el tiempo. Un tiempo que necesitamos para reflexionar, para cuidar de nosotros y de los que nos rodean, para desarrollar nuestra presencia en la comunidad y participar de sus problemas, también para el disfrute y la contemplación, para el ejercicio natural y gratificante de dejar de “hacer” y limitarnos a “estar” en armonía con el entorno.

El tiempo es uno de nuestros bienes más preciados. Un recurso no renovable que no se puede guardar ni acumular y que tampoco se puede fabricar. Es, de todos los medios disponibles, el que está repartido más democráticamente, pues ricos y pobres tienen las mismas horas cada día. Sin embargo, nuestras sociedades productivistas lo han convertido en un bien mal utilizado, una veces por causa de las largas jornadas de trabajo y otras a consecuencia de los numerosos distractores que nos llenan la vida de un ocio muy poco creativo.

Comencemos por lo primero: las jornadas laborales. El mercado se está adueñando de la vida de las gentes. Su lógica, la de una máquina, basada en la rapidez y la eficiencia, está sustituyendo a la lógica de los organismos vivos, más acorde con una amplitud de intereses y tareas que se desarrollan de forma equilibrada, dedicando a cada uno su tiempo.

Las larguísimas jornadas laborales que hacen nuestros jóvenes, a quienes se dice a qué hora entran en el trabajo pero no a qué hora pueden salir…; los desplazamientos en las grandes ciudades, en los que la gente pierde varias horas diarias simplemente para acudir a sus empresas…; los estímulos indiscriminados con que nos bombardean los medios de comunicación (deportes, publicidad para que compremos, concursos televisivos…) nos mantienen en una constante actividad que impide que nuestro espíritu se sosiegue, que encontremos tiempo para lo verdaderamente importante: el cuidado propio y el de las personas y comunidades que nos rodean, en un escenario de concordia con la Naturaleza.

Estamos perdiendo el alma, que se mueve despacio, aquejados de una enfermedad llamada estrés y de un cambio en las prioridades de nuestra vida: dedicamos más tiempo a ver cómo usar nuestro dinero (un recurso renovable) que a organizar el uso de nuestro tiempo (un recurso escaso, no renovable). Nos han convencido de que la felicidad consiste en correr, en hacerlo todo en el mínimo tiempo posible, y así nos vamos perdiendo el placer que se experimenta cuando sabemos detenernos en “los procesos”, disfrutando del momento presente y viviéndolo con atención. Nuestra prisa por obtener “los productos” es, a la vez, nuestra condena: nos impide ser felices.

Necesitamos una nueva cultura del tiempo, reconocer que el ritmo con que hacemos las cosas debe adecuarse a nuestro ritmo interno, el del propio cuerpo, que, por cierto, no es igual en todas las personas. No puede ser que sólo valoremos nuestras horas y nuestros días al enfermar, al sufrir un accidente o al hacernos viejos. Entonces rememoramos nuestra historia y nos percatamos de la cantidad de “tiempo basura” que hemos dedicado a actividades que no nos reportaban ningún bienestar real. Pero, cuando las cosas suceden así, comprobamos que ya es tarde. La irreversibilidad es otra característica del tiempo. Podemos mirar hacia atrás, pero la vida que no hemos vivido ya no vuelve a estar a nuestro alcance.

Esta nueva cultura del tiempo pasa por la construcción de “una nueva normalidad”. Dejar de considerar “normal” el modelo de éxito que proponen nuestras sociedades, basado en estar siempre ocupados y en tener las agendas muy llenas, interminables viajes de trabajo y, cuando llegan las vacaciones, de nuevo la pulsión de irnos muy lejos, de tomar aviones y seguir corriendo, en vez de relajarnos y disfrutar de lo que nos rodea. Una nueva normalidad significa aceptar los límites de la vida, también los de nuestra propia vida, y vivir gozosos en el marco de la sencillez, la prudencia en el uso de los bienes de la Tierra, y la generosidad.

¿Estamos a tiempo de ser felices?

Vivir el presente con sosiego nos libra de caer en el síndrome de la felicidad aplazada, ese que nos hace dejar para mañana o para el año que viene lo verdaderamente importante, por ejemplo disfrutar de la infancia de nuestros hijos compartiendo horas y actividades con ellos, o desarrollar los dones que nos ha dado la vida, las capacidades artísticas, creativas, sin esperar a que llegue la jubilación… Dedicamos demasiadas horas de nuestros días a producir y consumir, y así dejamos escasas oportunidades para el “kairós”, el acontecimiento, el instante mágico y valioso que nos transforma y construye nuestra historia cuando estamos dispuestos, cuando sabemos escuchar, cuando no nos dejamos secuestrar por las rutinas y la productividad incesante.

La lentitud es una metáfora, no una regla fija. En esta nueva cultura, en esta forma de aproximarse a una felicidad más cadenciosa y sostenible, lo importante no es tanto si, en un momento concreto, corremos o nos paramos, sino si tenemos criterios para saber cuándo hay que correr y cuándo se debe parar. Por ello, establecer nuestras prioridades es un ejercicio imprescindible para ese cambio de rumbo que nos proyecta hacia la sostenibilidad personal y la quietud interior.

La libertad es tiempo. El tiempo nos da libertad, está en nosotros saber emplearla para reducir la velocidad en nuestras vidas y salirnos, en lo posible, de la lógica del mercado que está llevando a nuestras sociedades hacia la autodestrucción. La forma en que producimos y consumimos tiene mucho que ver con ello. También el modo en que comemos, en que nos vestimos, en que establecemos nuestras relaciones con quienes nos rodean y con el entorno.

El siglo XX ha marcado un rumbo equivocado para la humanidad, a causa del modelo que crecimiento ilimitado que adoptaron las sociedades industrializadas. Ha sido la etapa de adoración de lo grande, lo lejano y lo rápido. Seguir ese camino nos conduce a la catástrofe. ¿Estamos dispuestos a cambiar? ¿Sabremos reapropiarnos de nuestro tiempo…? Si lo intentamos, tal vez el siglo XXI pueda ser el de lo pequeño, lo cercano y lo lento.

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