lunes, 19 de julio de 2010

Nelson Mandela, ejemplo de lucha y de humanidad.


Tenemos esperanza. Como especie, digo. Nelson Mandela es una prueba de ello. No sólo por lo que él hizo, si no porque aún en medio de un modelo de sociedad que promueve, alienta y premia la ambición desmedida, el egoísmo y la indolencia por la suerte de los demás, de los que no tienen ni la información, ni el conocimiento, ni los accesos, ni las oportunidades, aún en medio de todo ello, todavía reconocemos y valoramos colectivamente el sacrificio silente, la paciencia más allá de todo límite imaginable, la humildad superlativa y digna, el perdón sin restricciones, la comprensión de la oportunidad que tenía para convertir su dolor personal en una revolución ejemplar.

Nelson Mandela simboliza el ideal de moralidad del que hablan los grandes pensadores o filósofos. Cualquiera sea el sistema, desde los imperativos categóricos de Kant, pasando por los sentimientos morales de Hume o el conatus de Spinoza, el espíritu de Hegel, el bien platónico o el justo medio aristotélico. Mandela representa todo lo que durante siglos tratamos de poner en palabras para decir lo que nos ha permitido llegar hasta hoy, lo que nos permite permanecer en existencia y lo que procurará que no nos extingamos, por lo menos por cuenta propia.

Que Mandela sea un ícono reconocido globalmente es un signo de lo que queremos como ideal, de lo que valoramos y de lo que somos capaces. Un hombre sí puede perdonar de verdad, sí puede eludir la venganza y el rencor. Sí puede remontar el daño personal, físico y emocional que le han causado y transformarlo en comprensión, en amor verdadero y desinteresado al prójimo.

Mandela pudo haber escrito la historia típica de cualquier hombre promedio y político pequeño: aprovecharse del apoyo popular, sucumbir al poder, abusar de sus nuevas facultades, oprimir a sus opresores, vengarse de su furia y abuso abusando de ellos, castigándoles, dándoles un poco de lo que ellos le habían dado a él. Pero fué más que cualquiera de ellos. Entendió que en sus manos descansaba el punto de quiebre posible, el punto neurálgico de los problemas y soluciones de su gran familia, de su gran comunidad, su nación.

Nadie mejor que él dió ejemplo de consecuencia: todo aquello por lo que luchó: la justicia, la igualdad, la tolerancia y el respeto, demostró que no era sólo un discurso unilateral de los negros oprimidos y abusados en Sudáfrica. Tuvo la oportunidad de ponerlo y ponerse a prueba, y poner a toda una nación a prueba. Una vez en el poder, desde donde cualquier pobre hombre hubiera usado su discurso para aplastar a sus antiguos enemigos, él usó ese poder para enseñar, mediante el ejemplo y la acción amorosa que la justicia, la igualdad y la tolerancia no eran solo un discurso sino un motor que todos, blancos y negros, dirigentes y dirigidos, mayorías y minorías, todos eran capaces de asumir esos ideales como guía si solo abrían sus mentes y corazones, si mostraban disposición, si miraban un poco más allá de la contingencia humana hacia la trascendencia, ¡también humana! ¡Más humana que nunca!

Somos capaces, tenemos una responsabilidad, hacemos y tomamos la oportunidad y podemos hacer la diferencia. Ese es el mensaje histórico que Mandela dio a su familia, a sus connacionales y sin proponérselo al mundo entero y a la historia de la humanidad. Un mensaje que inspira, emociona, da esperanza porque fue dado a pesar del dolor, la sangre, la crueldad sufridas. Un mensaje que se construyó con acciones concretas y que pusieron de manifiesto la creencia antigua de que el bien puede sobreponerse al mal, de que la moral humana, ese código cultural de raíces naturalistas y construcción racional en aras no sólo de una vida mejor, de un bien mayor sino de nuestra propia supervivivencia como especie.

Felíz día Madiba. ¡Y gracias..!

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