miércoles, 26 de enero de 2011

El Club de la comedia

El otro día me llamaron de dos empresas; estaban muy interesados en conocerme. Les había gustado mi currículum y creían que podría encajar en su plantilla. Querían concertar una entrevista, pero casi sería un mero trámite, porque por su tono me atrevería a decir que estaban totalmente convencidos de aceptarme entre sus filas de inmediato.
Me estuvieron poniendo al tanto de ciertos detalles como por ejemplo a qué se dedicaban exactamente, cuál sería mi horario, las funciones que debería desempeñar, la ubicación del centro de trabajo…; se interesaron incluso en saber si me supondría algún problema llegar hasta allí, ya que al tratarse de un polígono el transporte público resulta más bien deficitario. Me dijeron cuánta gente tenían en plantilla, cuánto tiempo llevaban funcionando, sus perspectivas de crecimiento… en fin, se estuvieron vendiendo. Y me hizo ilusión, porque normalmente en las entrevistas soy yo quien tiene que venderse para convencer a las empresas de que me admitan, pero esta vez era al revés… y me sentí importante.
Esta vez estaba en mis manos elegir dónde quería trabajar; podía comparar ambas ofertas y decantarme por una o por otra en función de lo que más me convenciera, de lo que me resultara más cómodo, más cercano a casa, con más proyección de futuro… Sienta bien tener el poder, asumir el mando.
Todo sonaba tan perfecto… que era un espejismo. No las llamadas de las empresas, que fueron reales, ni la manera de ofrecerse como los mejores del sector, cosa que también hicieron. La trampa estaba en el puesto en sí, en su contenido, y es que no se trataba de ofrecerme un empleo (o en este caso, dos), sino unas prácticas correspondientes a un curso del Servicio Público de Empleo.¿En qué se iban a diferenciar de un trabajo real? En bien poco, la verdad; el horario iba a ser el mismo que el de la plantilla habitual, las funciones estaban perfectamente definidas… sólo un detalle marcaba las distancias, y es que evidentemente no iba a cobrar un sueldo. Puede que a algunos no les importe trabajar gratis, pero aún a riesgo de ser tachada de pesetera y materialista prefiero hacerlo a cambio de una remuneración más o menos justa.
Y supongo que ahora más de uno se me echará al cuello y dirá que soy una vaga, que debería aprovechar esa oportunidad para adquirir experiencia, porque nunca se sabe, y a lo mejor surge la ocasión de quedarme en plantilla… Sí, sí, todo eso está muy bien y lo entiendo, y hasta cierto punto incluso lo comparto, pero no podría hacerlo en este caso salvo que me engañara a mí misma y fuera capaz de olvidar cierto detalle apenas sin importancia… y es que esas empresas ya habían recibido mi currículum antes en respuesta a sendas ofertas de empleo, y lo ignoraron completamente. Y teniendo en cuenta que dicho currículum sigue siendo el mismo que la otra vez me pregunto: ¿acaso no doy la talla para trabajar cobrando pero sin embargo sí soy lo bastante buena para hacerlo gratis?

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