sábado, 19 de febrero de 2011

TURISMO RURAL / LA RUTA



CANTALAPIEDRA (SALAMANCA)

Su recinto ovalado es similar al de la vecina Madrigal, aunque perdió la muralla por apoyar los derechos sucesorios de la Beltraneja frente a los de su tía Isabel la Católica. Poco antes, un enfado del obispo había convertido su iglesia del Castillo en sede catedralicia

El bastión del obispo
Aunque sus campos afirman ahora la estampa de la Castilla desarbolada, ese paisaje sin apenas matices ni mobiliario natural que Delibes calificó de espectacular por su carencia de ornato, no hace falta remontarse muy allá para descubrir otra imagen distinta en este mismo lugar.Más o menos, el salto recorre el medio siglo que lleva su terrazgo parcelado. Porque Cantalapiedra fue el primer término...
... municipal de España donde se aplicó la concentración parcelaria, ese afán de los ingenieros agrícolas por agrupar tierras, explanar linderos y suprimir las teselas del mosaico paisajístico.
Entonces se modificó la red de cañadas y caminos radiales, que comunicaban el óvalo urbano con los pagos y pueblos de alrededor, se amplió el repertorio de cultivos y se secaron muchas fuentes y lavajos. También se esfumó entonces el anillo de pecas forestales, reducido al montecillo del Trabancos, que el viajero atraviesa de camino a la Moraña. La geografía comarcal conserva en su toponimia los nombres de los pagos que evocan la perdida arboladura, matizando en cada caso el procedimiento que se aplicó para la deforestación: Los Quemados, El Rompido o Prado Rozado, por citar unos ejemplos.

GEOMETRÍA AGRARIA
Con la concentración cambió la geometría del labrantío y su rentabilidad, pero también se ampliaron los cultivos, añadiendo al cereal especies como el girasol o la remolacha, que requieren más agua para prosperar. Entonces proliferaron las perforaciones, se secaron los pozos de las casas y las fuentes del campo, desapareciendo de paso la media docena de lagunajos que servía para abrevar el ganado de labor. Apenas sobrevivieron los lavajos que forman las lluvias en el camino del cementerio.
De paso, Cantalapiedra tuvo que acomodar su tradición fabril a las nuevas necesidades. Así que fue quedando relegada la producción artesanal de tinajas y telares, de harinas y chocolate, en beneficio del nuevo mercado de los aperos agrícolas para un campo cada vez más mecanizado. Aunque no sería la primera mudanza de su historia, con las que fue superando los retos sobrevenidos en el incierto sendero del progreso.
Porque la capital de este picón salmantino no tuvo siempre una apariencia despejada. Un plano del último cuarto del siglo quince la dibuja con su perímetro de óvalo cercado, protegiendo la iglesia y el castillo que, junto a la picota, ocupaban el centro de la actual plaza Mayor. En realidad, la plaza de Cantalapiedra no se llama así, sino que arrastra el nombre de un pariente falangista de Girón, que al parecer fue dadivoso con el pueblo. De todo el recinto fortificado, la villa sólo conserva la Torre del Deán, en la ronda del Matadero Viejo, por el arrabal del Sol. El resto lo arrasó un vengativo Fernando el Católico, que no perdonó que la villa uniera sus armas a las de su sobrina

Torre del Deán.
Juana la Beltraneja, jurada como heredera por las Cortes, en la pugna por hacerse con la corona de Castilla.
A comienzos del pasado siglo, todavía Gómez Moreno pudo ver, en su excursión para el Catálogo Monumental de la provincia, los restos del castillo adosados a la iglesia. Poca cosa ya, porque el rey Católico consideró a su señor el obispo como inductor de la rebeldía y procedió con saña. Sólo se detuvo ante el torreón que ocupaba el deán catedralicio, cuyos sucesores en el rango lo disfrutaron al menos hasta el siglo dieciocho.
El rey Alfonso VII había donado Cantalapiedra a la mitra salmantina, cuyos obispos la convirtieron en sede estacional, desde la que despachaban documentos y apacentaban a su grey diocesana. Hasta que a comienzos del siglo quince, que fue su época de esplendor y desconcierto, el obispo Sancho de Castilla, harto de la cicatería de los salmantinos de la capital, hizo recuento de afrentas, excomulgó al concejo y convirtió la iglesia de Nuestra Señora del Castillo de Cantalapiedra en catedral donde se instaló con su cabildo.
El callejero radial se abre desde la plaza a todos los rumbos de la rosa de los vientos. En sus rótulos coexisten los nombres históricos La visita tiene unos puntos de interés sobresaliente y discurre por calles con algunos ejemplos curiosos de noble arquitectura tradicional. El antiguo hospital, en la calle de San Juan, se adorna con dos escudos, uno de ellos esquinado. Otro vestigio heráldico corresponde al marqués de la Granja, en la calle Nogales Delicado. Fuera del óvalo que encintan las rondas por donde discurrió la cerca, se encuentran la ermita de Nuestra Señora de la Misericordia, el convento de Clarisas y los barrios de posguerra, entre los que destaca el de Girón.

LA CATEDRAL MUDÉJAR.
El solar de la ermita es un mirador muy frecuentado. Desde allí se aprecia la torre del convento, espigada y con aspecto de periscopio. Entre medias, se alza el torreón del Deán, recientemente rehabilitado, y cerca el parque del Deán, que es poca cosa pero se agradece. Un jardín entrometido en el anillo de casas molineras de la ronda. Hacia la estación se alinean el cuartel, las instalaciones deportivas, el convento y las antiguas harineras asociadas al tirón del ferrocarril.
Pero el imán de Cantalapiedra, que resume y proyecta lo mejor de su legado, es la iglesia de Santa María del Castillo, situada en el centro de la plaza Mayor. Se trata de un magnífico templo mudéjar, al que le añadieron en el siglo quince un crucero y cabecera góticos, que se deben al patrocinio del obispo Diego de Anaya. Dos siglos más tarde, modificaron las cubiertas, desalojando su primitiva armadura mudéjar para rematar las tres naves con bóvedas barrocas de dibujo geométrico. La reciente restauración ha puesto al descubierto la severa belleza de sus portadas y la delicada textura de sus muros. A la plaza asoma el altivo edificio consistorial, promovido por el ministerio de Girón, como las escuelas aledañas y los barrios de las afueras, cuya iglesia se usa de nave agrícola.

CÓMO LLEGAR
Está en la confluencia de Salamanca, Ávila, Valladolid y Zamora. La CL-605 la comunica con la autovía de Salamanca.

DÓNDE COMER
En Cantalapiedra, restaurante Tito (923 530 288). En Peñaranda, Las Cabañas (923 540 203) es un clásico para degustar el cochinillo y los ibéricos.

DE COMPRAS
En el convento de Clarisas (923 530 039) venden exquisita repostería: pastas de te y corderitos en dulce; las tartas, de encargo. Las monjas mantienen un taller de encuadernación y bordan mano mantelerías.
Cantan gregoriano.

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